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La Misión, alma de la vida sacerdotal, de la vida consagrada, de la vida de los animadores misioneros y de los agentes pastorales

 

. Capítulo II del Vademécum de la Pontificia Unión Misional

 

1.     La Dimensión Misionera

a)En la vida sacerdotal

 

“Nuestro sacerdocio no es sino la prolongación del sacerdocio de Cristo, nuestro Gran Sacerdote. El sacerdocio de Cristo es un sacerdocio esencialmente misionero... y si nuestro sacerdocio no está inspirado en la misión, le falta una dimensión esencial” (Pío XI, Alocución pronunciada en el II Congreso Internacional de la P.U.M., 1936)

Según el Concilio Vaticano II, la dimensión misionera del sacerdocio ministerial tiene su fundamento en el sacramento del Orden: “porque el don espiritual que recibieron los presbíteros en la ordenación no los dispone para una cierta misión limitada y restringida, sino para una misión amplísima y universal de salvación “hasta los extremos de la tierra” (Hech. 1, 8), porque cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los apóstoles” (PO 10).

Pablo VI afirma en la Evangelii Nuntiandi:

“Lo que constituye la singularidad de nuestro servicio sacerdotal, lo que da unidad profunda a la infinidad de tareas que nos solicitan a lo largo de la jornada y de la vida, lo que confiere a nuestras actividades una nota específica, es precisamente esta finalidad presente en toda acción nuestra: anunciar el Evangelio de Dios” (EN 68)

Es lo mismo que subrayaba Juan Pablo II en su Encíclica Redemptoris Missio: “Todos los sacerdotes deben tener corazón y mentalidad misioneros, estar abiertos a las necesidades de la Iglesia y del mundo, atentos a los más alejados y, sobre todo, a los grupos no cristianos del propio ambiente. Que en la oración y, particularmente, en el sacrificio eucarístico sientan la solicitud de toda la Iglesia por la humanidad entera” (RM 67).

Finalmente, en la Exhortación postsinodal Pastores Dabo Vobis, la dimensión misionera se integra perfectamente en la descripción de la identidad sacerdotal y en la formación inicial y permanente, que constituye el tema central del documento. La dimensión misionera, que había aparecido durante el Sínodo de 1990, fue bien recibida e integrada en PDV. Y así, la naturaleza misionera del sacerdote, promovida por la Unión Misional del Clero, es ya doctrina común en la Iglesia. Vivirla significa un reto para todo sacerdote.

 

b) En la vida consagrada

 

En cuanto a aquellos a quienes el Señor llamó a la VIDA CONSAGRADA y que se proponen observar los consejos evangélicos, “están obligados a contribuir de un modo especial a la tarea misional, según el modo propio de su Instituto, ya que por su misma consagración se dedican al servicio de la Iglesia” (CIC can. 783).

Esta participación en la misión universal concierne tanto a los Institutos de VIDA CONTEMPLATIVA como a los de VIDA ACTIVA. Los primeros deben dar “preclaro testimonio entre los no cristianos de la majestad y de la caridad de Dios, así como de unión con Cristo” (RM 69); los segundos deben vivir los valores evangélicos en la predicación, en el servicio y en los inmensos espacios para la caridad (Ib.).

Ya el Concilio Vaticano II había reconocido la extrema importancia de la contribución de los Institutos religiosos a la evangelización del mundo (cf. AG 40).

Evangelii Nuntiandi y Redemptoris Missio confirman que, de hecho, los religiosos jugaron un papel primordial en el pasado y que deben seguir aún jugándolo en la acción misionera de la Iglesia: “Se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la misión y afrontando los más grandes riesgos para su salud y su propia vida. Sí, en verdad la Iglesia les debe muchísimo” (EN 69).

 

c) En la vida seglar

 

La misión de evangelización de la Iglesia no está confiada solamente a los sacerdotes y religiosos, sino también a los LAICOS. “La misión es de todo el Pueblo de Dios: aunque la fundación de una nueva Iglesia requiere de la Eucaristía y, consiguientemente, el ministerio sacerdotal, sin embargo la misión, que se desarrolla de diversas formas, es tarea de todos los fieles” (RM 71).

En primera fila de los laicos que quieren, a su vez, ser evangelizadores se encuentran los catequistas, que constituyen la flor y nata de los servidores de la obra misionera. Señalemos, además, que en el trabajo pastoral hay cada vez mayor variedad de tareas y de servicios que son asumidos por los laicos.

 

2.La Espiritualidad Misionera

 

La dimensión misionera característica del sacerdocio ministerial, de la vida religiosa consagrada y de la vida de los laicos cristianos – Christifideles Laici – está orientada, según la vocación y la función ejercida por cada una de ellos en la Iglesia, hacia la tarea misionera. Pero esto exige ante todo una espiritualidad misionera porque como dice la Redemptoris Missio: “Se es misionero ante todo por lo que se es, en cuanto Iglesia que vive profundamente la unidad en el amor, antes de serlo por lo que se dice o se hace” (RM 23).

Pero esta espiritualidad no puede ser ajena al compromiso pastoral ni separarse de él. Al contrario, será su fuente profunda y su alma.

 

a)    La espiritualidad misionera del sacerdote

 

A partir del momento en que el sacerdote se une con todo el corazón y con toda su alma a Cristo, el Buen Pastor, sus más profundos sentimientos, su oración y su sacrificio estarán también abiertos a la salvación de todos los hombres. El sacerdote es, ante todo, un misionero del mundo entero por la universalidad de su oración alimentada en la contemplación del misterio de Cristo y de la Iglesia. La Celebración de la Eucaristía es, para un sacerdote, el momento y la actividad misionera por excelencia. Deberá velar igualmente por la educación de su comunidad cristiana para que participe ella también en la Santa Misa con un espíritu misionero.

El sacerdote deberá contemplar su formación teológica y eclesiológica con vistas a desarrollar su espiritualidad misionera e integrarla en su vida. La información que le ofrece la Iglesia le permitirá alimentar la reflexión sobre la presencia de esta Iglesia en el mundo. Consciente del valor salvífico del sufrimiento, ofrecerá sus sufrimientos por las misiones e invitará a los demás a hacer lo mismo.

Viviendo intensamente su espiritualidad misionera, el sacerdote estará en medida de suscitar vocaciones misioneras. Estará eventualmente dispuesto a partir ad gentes, pero en todo caso hará todo lo posible por anunciar el Evangelio en su propio país y a los cristianos que se encuentren en el campo de su trabajo pastoral.

Está claro que durante sus años de seminario y durante sus estudios, los candidatos al sacerdocio deberán ser formados en este espíritu misionero. Por ello es indispensable que la misión ocupe el centro de la enseñanza y del estudio de la teología y que la oración de los seminaristas, tanto la personal como la comunitaria, esté impregnada de este espíritu misionero.

 

b)    La espiritualidad misionera en la vida consagrada

 

Los llamados a seguir al Señor y a servir a la Iglesia en una vida consagrada deberán vivir esta espiritualidad de manera análoga. No deberán encerrarse en el carisma propio y específico de la comunidad de la que son miembros y en la que pronunciaron sus votos, porque de hacerlo así correrían el riesgo de excluir la dimensión universal de su vocación. Y precisamente haber elegido una vida consagrada implica haber sido llamados a seguir a Cristo de manera radical y a servir a la Iglesia sin reserva. Por eso la espiritualidad de la vida consagrada debe ser también misionera, aunque no se lleve a cabo un trabajo específicamente misionero o no se trabaje en un país de misión. Esto vale para todos los religiosos y religiosas así como para las comunidades religiosas, aunque su tarea no sea específicamente misionera o no trabajen en un país de misión.

Lo que se dijo de los candidatos al sacerdocio vale también para los religiosos en período de formación. La dimensión misionera deberá formar parte de su vida espiritual a lo largo de los años de estudio, durante los cuales se preocuparán también por seguir la actualidad misionera mediante los mass media de la Iglesia.

 

c)     La espiritualidad misionera en la vida de los animadores misioneros y de los agentes pastorales

 

El decreto conciliar Ad Gentes recordaba que la participación de los LAICOS en la obra misionera de la Iglesia exigía por sí misma una “profunda renovación interior” (AG 35). Esos laicos deberán incrementar sus conocimientos y su amor por la misión, alimentarlos con la oración y el sacrificio y recurrir a todo tipo de ayuda y de apoyo a su alcance. Harán todo lo que esté de su parte para favorecer las vocaciones misioneras.

La espiritualidad misionera, y esto vale para todos los bautizados, tiene dos características constantes y fundamentales, pero que son compatibles con la diversidad de vocaciones y de ministerios: la COMUNIÓN y la SANTIDAD. La comunión, porque todos los que pertenecen a la Iglesia deben ser conscientes de que son corresponsables en el anuncio del Evangelio a los que aún no lo conocen. La santidad, porque “la vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión” (RM 90).

La Redemptoris Missio afirma que la espiritualidad misionera se manifiesta en la docilidad al Espíritu. “Será el Espíritu quien los conducirá por los caminos arduos y nuevos de la misión” (RM 87). La espiritualidad misionera tiene su fuente en el “misterio de Cristo que ha sido enviado” (RM 88) y en un amor apostólico por la Iglesia y por los hombres (cf RM 89).

 

d)    La Pontificia Unión Misional

 

Fue fundada con la finalidad, que siendo la suya hasta el día de hoy, de sensibilizar y formar a los animadores de la comunidad cristiana y, sobre todo, a sus pastores, ante los problemas misioneros. La Encíclica misionera de Juan Pablo II es muy clara a este respecto (cf RM 84).

Por eso la Pontificia Unión Misional es el instrumento por excelencia que permite realizar las dos características fundamentales de la cooperación misionera en función de la misión ad gentes: la comunión y la santidad.

La COMUNIÓN: porque el anuncio del Evangelio de Cristo ha sido confiado al Colegio de los Obispos bajo la dirección de Pedro. A lo largo de la historia de la Iglesia, es el colegio de los apóstoles el que asume esta función bajo la dirección del Papa. Los sacerdotes, los demás ministros y los agentes pastorales toman parte en esta misión. En la Evangelii Nuntiandi Pablo VI declara que evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino que es un acto profundamente eclesial porque esto supone que se lleva a cabo en comunión con la Iglesia y con sus Pastores (cf. EN 60).

La Pontificia Unión Misional es la expresión de la solidaridad y de la unión de los miembros del presbyterium con su obispo. Se trata de una unión cuyo fundamento es fundamentalmente jerárquico y sacramental, que engendra una profunda solidaridad de sentimientos y de espíritu entre los obispos y los sacerdotes y entre los mismos sacerdotes. (cf. PO 7 – 8).

Por su ordenación, los sacerdotes comparten la solicitud de toda la Iglesia por todas la Iglesias. Están llamados a asumir su parte en la responsabilidad pastoral y universal de los obispos. Su unión y solidaridad con el Papa y con los obispos es, por otra parte, misionera. Por eso, a través de la Unión Misional, el Padre Paolo Manna contribuyó a armonizar la unión y la solidaridad universal en beneficio de la misión. Ambas están inseparablemente unidas en cada pastor de la Iglesia.

La Pontificia Unión Misional desea dar a los animadores de la comunidad cristiana una formación continua para que puedan acrecentar su COMUNIÓN en y a través de sus responsabilidades misioneras. La Unión les dará la ayuda necesaria para conseguir esta SANTIDAD apostólica que el Vaticano II puso de relieve (cf. PO 12 – 13) y en la que insistió el Sínodo de los Obispos de 1990.

Sólo mediante esta COMUNIÓN y SANTIDAD podrá la MISIÓN ser verdaderamente el alma de la vida sacerdotal y de la vida consagrada.

Podemos repetir aquí lo que Pastores Dabo Vobis dice a propósito de la relación entre el sacerdote y la Iglesia, misterio de comunión y de misión: “Es en el misterio de la Iglesia, como misterio de comunión trinitaria en tensión misionera, donde se manifiesta toda identidad cristiana, y por tanto también la identidad específica del sacerdote y de su ministerio. En efecto, el presbítero, en virtud de la consagración que recibe el sacramento del Orden, es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, con el cual, como Cabeza y Pastor de su Pueblo se configura de un modo especial para vivir y actuar con la fuerza del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y por la salvación del mundo” (PDV 12).

 

Por información sobre el funcionamiento y los objetivos de la Pontificia Unión Misional en nuestro país puedes dirigirte a: pum@omp.net.uy

Si eres Obispo, Sacerdote, Consagrado o Agente Pastoral y quieres que nos unamos a tus intenciones, escríbenos a nuestra dirección y estaremos ofreciendo por ti y tus intenciones los primeros viernes de cada mes.

 

Pbro. Leonardo Rodríguez

Secretario Nacional de la Pontificia Unión Misional.

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Última modificación: 12 de May de 2006